miércoles, 9 de abril de 2008

La dictadura de los estereotipos: ¿Una novela erótica en tiempos del youtube y el marketing multinivel? (Reseña de Édgar Reza sobre El Agente Morboso)


Aún a fines de los años ochenta, la escritura hecha por mujeres en el contexto de la literatura latinoamericana era un instrumento social y no podía ser sexuada. Era mayoritariamente del dominio de los hombres porque, como podrá saberse, el conflicto descansaba en los centros de poder y las condicionantes de género. Pero lo realmente duro para una escritora latinoamericana era vivir bajo la dictadura. Vivir bajo la dictadura era parte de un relato que parecía interminable. Cómo convivir con la impotencia, soportar un estado de humillaciones cotidianas que se podían experimentar en forma profunda cuando se era, por ejemplo, una empleada pública bajo la dictadura, luchar por no caer en la comodidad de la indiferencia, sobrevivir en medio de una desesperada y desesperante urgencia económica, entre otras situaciones, fue para muchas de ellas una manera de habitar el mundo de la vida pública pero también el de sus relatos. Alejandra Pizarnik, Elena Garro, Diamela Eltit, Isabel Allende, Clarice Lispector, ¿qué garantías podían darse dentro de territorios tan vigilados, tan amenazados? De esa experiencia quedó claro que cuando se vive en entornos que se derrumban, la espléndida actividad de contar historias, no está en la línea de aspiraciones ni intereses centrales de los artistas. Porque el desafío es muy otro: la palabra y su descentramiento, su acuerdo estético, su juego, su burla y la torsión, constituyen dentro del proceso de escritura el mayor desafío que deba afrontarse. En situaciones como las que aludo, lo importante es la pluralidad, la arista, el borde, lo disperso, todos aquellos márgenes que aunque estrechos cuestionan los centros y su unidad. De allí que se den en la novela, los pedazos de materiales y retazos de voces, la exploración vagabunda de géneros, la mascarada, el simulacro y la verbalizada emoción, que ha hecho de la literatura latinoamericana el lugar literario.Treinta años después y heredera de esa larga e ininterrumpida tradición, Rowena Bali, en El agente morboso, su primera novela, aprecia que lo importante en la escritura es construir y más aún abrir ciertos espacios estéticos que porten sentidos, porque es allí donde está el centro del dilema literario: el lugar de la conmoción estética y social, pero ya no puesta en lados que resulten esquivos, lugares en los que el poder, el convenio o la norma tienden a ajustar cuentas que al final siempre resultan desfavorables, o peor aún, desfavorecidos. El agente morboso es pues una detenida observación a estos códigos dominantes; a comportamientos que parecen excluyentes o reductores, aquellos que, desde su anacronismo de clase o desde su voracidad económica, tejen condicionantes de conductas, cuando no visiones estereotipadas y represivas: sociedades donde la desigualdad es un vicio y donde lo literario se ofrece más como disyuntiva que como una zona de respuestas que dejen felices y contentos a los lectores.De allí quizá que en el margen de los múltiples márgenes posibles, en el sobreentendido plano de su lector ideal, lleno de baches y de dudas, un lector más bien cruzado por incertidumbres, sucedan el placer y la felicidad entre el disturbio y la crisis. Porque más allá, en la amplitud simbólica de la novela, y en sentido literal, se hace evidente un revés al asignado género masculino y a la administración de poderes centrales que entienden lo femenino como periférico y subordinado en una sociedad masoquista, que lo es en la medida en la que cree que «tiene que triunfar» y en la que sus individuos creen que «pueden ser muchas personas». Una normativa donde sexo, drogas, transexualidad, locura y crimen descentran los centros, y acercan la categoría de lo femenino, no sólo como identidad sexual sino en su esfera de convenciones sociales, a la convención del género, y a sus fluctuantes límites intermedios. Leer pues los temas literarios no es el único síntoma de filiación de una obra. Ya en El agente morboso no es la disconformidad política dentro de un canon literario conservador lo que realiza una crítica, sino la administración de sus materiales. En otras palabras: donde la orden del día es lo que dictan los medios masivos y el Estado, todo gira alrededor de los mismos temas: las gentes hablan de las mismas cosas y de los estereotipos ni los suicidas escapan. Una historia de psicoterapia, Tarot, intervenciones quirúrgicas y hormonales revela la imposibilidad de crear un espacio contrapúblico, un espacio para una reflexión ajena a los modos y demandas externas que permita elaborar una variante propia, porque sencillamente son siempre los mismos lo que están hablando de lo mismo. Y es que no es al habitar en un gran ghetto, en una mayor periferia, como se compite en un sistema central permanentemente intocado. Pero es exactamente allí, en el espacio social y cultural de la mujer que escribe, su vida concreta como escritora, que corresponde hablar de lo que tiene importancia: la relación con el quehacer, el exponer y exponerse como ejercicio didáctico a los efectos discriminadores encubiertos bajo los distintos gestos de lo otro, de lo que «no se entiende», de lo femenino, donde se da el desafío determinista en la lectura. De allí que nos seducen y fascinan el hiperrealismo, el antihéroe, el nihilismo de víctimas y silencios existenciales, la introversión y soledad detrás de estas «historias: no historias»: la novela como algo que interfiere con la realidad; la sociedad que caza brujas, de consumo y bienestar auspiciado y a la vez temido, y cuyas coordenadas pocos artistas conocen. De allí que nos llamen la atención el balance negativo del héroe (aunque el protagonista es mujer, su tema es el donjuanismo), lo que sucede fuera de una indagación existencial y que es territorio mítico de la novela de Rowena Bali. En resumen, el ejercicio de simulación: el disfraz de la novela, que es más que historia y biografía novelada.Y es que dicho así, El agente morboso marca el quiebre integralmente histórico con cierto tipo de narración y concepción de género hecha a caballo entre los siglos XIX y XX, y con los grandes productos del realismo: Isabel Allende y Almudena Grandes, entre otras. Rehúye pues, al modo del thriller sentimental, de sólo ser autobiógrafa de su propia autobiografía, presentando personajes cuya misma inmadurez es la misma a los siete, que a los doce, que a los veinticinco años y por medio de los cuales la autora continuamente se expresa (Las edades de Lulú). En El agente morboso no hay pleonasmos, solecismos, barbarismos, anacolutos, ni adjetivaciones plenipotenciarias (Marcela Serrano, Rosa Beltrán, Cristina Rivera Garza). Ni está la Vida con Mayúscula ni existen definiciones insólitas ni verdades axiomáticas ni reivindicaciones legítimas ni resentimientos solidarios que consiguen que todo aquello que era universal se convierta en doméstico (Isabel Allende). Más aún, no pone lo grotesco en un altar para ilustrarnos su cuento (Laura Restrepo). Se trata, por el contrario, de una crítica radical a una sociedad, cuyo lector medio no habiendo asimilado la estética narrativa de la primera mitad del siglo XX, ha pasado de hacer creer a las personas falsedades transparentes, a obligarlas a ocupar sus mentes refutando mentiras. Una sociedad que cree que la ficción debe ser amnésico eficaz frente al imperativo de caminar hacia el futuro y no retroceder; donde se fabrican sueños sin realidad y donde para comercializar un producto es necesario incluso ocultar la identidad y más aún es imprescindible cambiarse el nombre. Una dictadura, la de los nuevos estereotipos mismos, donde un ser emprendedor y con visión de futuro no es sino un precursor de infinidad de fraudes. Ópera bufa, drama, esperpento, un «agente morboso» no sino un indicio o causa de enfermedad, y El agente morboso es con todo ello una conmovedora historia hasta el último de los capilares por la sencilla razón de que para Rowena Bali es imprescindible que Madame Bovary se convierta en Raskolnikov para que las cosas mejoren. ¿Lo consigue finalmente? No lo sé, está en cada lector responder a esa pregunta. Pero diré dos cosas: La primera: es que uno de los mayores desaciertos de la crítica es pensar que el libro es una obra maestra; la segunda que, en la medida en que acepta el desafío de medirse a fondo y por todos los medios con las transformaciones de democracia, capitalismo salvaje y sociedad tecnológica y de masas, con apenas su primer novela, nos encontramos ante una de las escritoras de mayor calado de la narrativa mexicana y de lengua española. Ya vemos pues que no es el espacio del folletín amoroso el único posible para la mujer, ni el de la abnegación irrestricta, ni el anecdotismo de la liberalidad política o sexual. Porque más importante es el despliegue de la contestación meditada de un pensamiento que conecte lo individual con lo público, lo subjetivo con lo social de los verdaderos roles, de los múltiples desdoblamientos. Además de El agente morboso, Rowena Bali ha escrito las novelas El Ejército de Sodoma, La bala enamorada, Hablando de Gerzon, Amazon party y Tina o el misterio. También es autora del libro de cuentos De vanidades y divinidades y del poemario Voto de indecisión.

1 comentario:

ángel dijo...

Todo un descubrimiento. La buscaré.


Saludos...